Las manillas del reloj señalan una hora infrecuente para la marcha dominguera. Ya son más de las ocho de la mañana y todavía la calle está a vista desde la ventana.
Miro por ella y el termómetro de la farmacia cercana me devuelve una bocanada de frío, un escalofrío recorre mi cuerpo y me coloco las prendas necesarias para no sucumbir en las gélidas sendas de este primer domingo del año.
Llegando al punto de encuentro, el frio es menos intenso que lo que la mente siente, el suelo que comenzamos a pisar no muestra trazas de helada, y poco a poco transitamos por sendas llenas de barro, donde buscamos la hierba para no llenar de lodo las botas y pantalones en los primeros pasos.
El cielo se va clareando y parce que nos augura una mañana fresca y luminosa.
Poco a poco, las pequeñas cuestas que adornan el paseo matutino, son franqueadas y en poco tiempo llegamos a la modesta cumbre, que como es de rigor, sirve de escenario para la foto de familia del grupo.
Desde la cima, la bajada por una senda más amigable que la prevista, llena de barro y más pendiente, nos va dejando a los pies de nuestras elecciones para lo que queda de la marcha.
Os dejo las fotos del día y la esperanza de volveros a ver el próximo domingo por otras tierra y por otros caminos, con más fotos para el recuerdo.
