febrero 18, 2026

En todas las marchas de verano, el grupo se disgrega, se crean varios grupos en función de la velocidad de sus componentes, o de las afinidades entre ellos. Así, en las rutas que tienen el mismo principio y final, de vez en cuando se cruzan, se saludan y se intercambian las incidencias que pueden surgir en lo que queda hasta el punto donde uno de los grupos ya ha estado.

La palabra que más se emplea antes de subir hasta alguna delas cumbres del día, es “no queda nada”, que suele provocar una sonrisa tanto en el que ya regresa, como en el que sube. Ese NADA, es una invitación a seguir, a continuar hasta la cumbre y poder disfrutar de lo que la naturaleza a esa determinada altura ofrece, que suele ser más agradable que en cotas más bajas.

Pero algunas veces, ese NADA me hace pensar, y me traslada a una de las poesías que más inquietud nos deja en la cabeza a los amantes de la palabra.

Permitidme que os la deje aquí, para que todos vosotros os empapéis también de esas palabras que José Hierro nos dejó en forma de soneto.

VIDA

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

(Para mi querido José Luis Allo, allí donde estés: que la nada sea un todo y en el todo nos encontremos)

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