
El cansancio se nota en todo el cuerpo. Las piernas apenas responden, subir hasta la cima no ha sido excesivo, pero la bajada se atraganta, pesa como una losa. como si todo el peso de la cima cayera de golpe sobre los hombros, sobre las piernas.
Después de varios días de descanso obligado, las fuerzas merman de tal manera que es casi imposible seguir la rutina de los días anteriores, cuando el cuerpo habituado a un hábito constante, trotaba por cumbres parecidas.
Pero la ruta merecía el esfuerzo. La dimensión de la mirada por esos montes que atraviesa el recorrido es tan mágica que uno no puede esperar a otro momento, a otro año, para vivir de cerca la majestuosidad del panorama que el día nos ha regalado.
Porque además de lo que se puede divisar, el tiempo, la atmósfera, tiene que dejarte ver todo lo que la vista alcanza. Hoy lo hemos podido ver, disfrutar y dejar en la retina, en la memoria. Todo un panorama de cimas llena de formas y colores que atraen de tal manera, que se puede sufrir por verlas y sentirlas de nuevo.
Ahora toca descansar para seguir sendas, caminos que nos lleven a nuevas cimas, donde maravillarnos de nuevo con lo que la naturaleza nos muestre. Esperemos que el tiempo nos lo permita, como lo ha hecho este domingo de julio.