
Hablar de Zugarramurdi es hablar de brujas, de inquisición, de un pasado oscuro y tenebroso perdido en la literatura y en la memoria.
Pero nosotros tenemos otra visión de Zugarramurdi. Los montes que lo rodean, los valles y parajes verdes que dan al entorno una calma y una paz interior. Que se transmite al pasar y pisar sus sendas y sus cimas, y si además el sol adorna la mañana, el conjunto cobra una dimensión mucho más atractiva, agradable y luminosa.
Este pasado domingo nos ha llevado a recorrer esas rutas milenarias, esos montes bañados por un sol primaveral y a disfrutar desde las alturas todo un panorama verde que se extendía hasta el final de nuestra vista.
Las nubes hicieron acto de presencia poco a poco, pero el agua no llegó a descargar, dejando una sensación de agrado a los caminantes.
Una mañana empinada en poco menos de diez kilómetros, cumbres llenas de grandes piedras y bajadas abruptas para llegar hasta la cueva donde reponer las fuerzas perdidas.
Alegría a raudales regada con vino , sidra y agua. Comida en abundancia y camaradería en fogoso ímpetu, nos han animado hasta el final de la jornada. Quizás hemos sido embrujados, pero el entorno de la cueva nos ha puesto un punto de desenfreno que casi nos lleva a rutinas más propias de la intimidad, que de la exposición pública.
Un día distinto al habitual, que nos anima a volver a repetir en este o en otros lugares para mantener ese espíritu de cordialidad, de armonía y de felicidad compartida.