
Somos curiosos. Nos da por acercarnos siempre a los precipicios aunque sintamos un nudo en el estómago, una sensación de peligro que se acrecienta cuanto más cerca estamos de el. Pero no podemos dejar de mirar, de sentir esa sensación.
Parece que dominamos el miedo, que somos más fuertes que la propia naturaleza. Pero sabemos que no es así. Nos gusta admirar esos cortados, esas formaciones rocosas que dividen valles, que surgen majestuosas haciendo del panorama algo digno de contemplar.
Cuando bajamos, también entre las rocas adornadas con la vegetación, surgen formas, colores, que acompañan nuestros pasos presurosos en pos del final de la etapa del día.
Ayer, otro domingo más que sentimos el frescor de la mañana por esas tierras tan rocosas y disfrutamos de los caminos recorridos. Una ruta corta en esta ocasión, que sirvió también para deleitarnos con un poco de asueto en la sociedad del pueblo, entre el calorcito de la chimenea y los brindis por la vida que de vez en cuando nos gusta realizar.